domingo, 29 de marzo de 2015

Superposition - David Walton

La última novela del autor americano David Walton, Superposition, es un techno-thriller con algún toque de novela policíaca, con partes muy interesantes y entretenidas, aunque peca de algunos fallos que considero importantes, y por tanto no ha acabado de dejarme un buen regusto final.


El protagonista principal de la historia es Jacob, un físico con mucho talento que trabaja como profesor y que es padre de una familia numerosa (como el autor, que tiene la friolera de siete hijos. Si con dos ya no tengo tiempo de nada...). Jacob recibe la visita de un antiguo colega que trabaja en un acelerador de partículas y que le proporciona pruebas de la existencia de una tecnología que permite modificar propiedades cuánticas de la materia. Para hacer una prueba concluyente se le ocurre disparar a la mujer de Jacob, aunque sin causarle ningún daño. Jacob no reacciona muy bien, le agrede y le echa de casa. El día siguiente Jacob se desplaza al acelerador para hablar con su amigo y se encuentra con su cadáver, y con algunas fuerzas que son muy difíciles de controlar. Lógicamente, acaba acusado de asesinato.

El principio de la novela es muy ameno y alterna los capítulos desde el punto de vista de Jacob en dos líneas temporales. Por una parte las aventuras que le llevarán a descubrir el cadáver de su amigo y las consecuencias que se derivarán de este hecho, y por otro lado el juicio por el asesinato, parte que se hace muy entretenida. El ritmo y la estructura la hace muy apta para una adaptación cinematográfica.

El aspecto que da más juego en la trama es la posibilidad que dos versiones de la misma persona puedan existir simultáneamente de manera temporal, y cómo las experiencias de cada una van haciendo que estas versiones sean cada vez más diferentes. Se plantea la duda de que cuando estas dos versiones acaben confluyendo otra vez cuál será el resultado de la superposición, qué versión prevalecerá. Éstas han sido las partes de la novela que más me han gustado, pero a partir de un momento determinado, más o menos la mitad del libro, he empezado a perder interés, seguramente porque he visto venir la resolución. El uso de algunas coincidencias y situaciones que considero demasiado rebuscadas y rocambolescas para justificar la continuación de la historia también me han hecho bajar la valoración final. Aún así, os lo recomiendo si os van los thrillers con fondo científico y con giros de argumento sorprendentes y originales (Walton en su página web compara el estilo al de películas como Origen o El truco final, pero no acabo de estar de acuerdo).

Aunque la novela termina de manera satisfactoria y la historia se puede dar por cerrada, pronto se publicará la secuela, Supersymmetry, en la que espero que mejore en los detalles que he indicado. Si tengo la ocasión  me apetecerá saber cómo continúa la historia de los protagonistas y seguramente le daré una oportunidad.

En resumen: un techno-thriller con tendencia de best-seller, que puede interesar a los lectores habituales de género pero que está muy abierto a otro público. Aunque tenga algún aspecto demasiado técnico relacionado con la física cuántica, Walton hace un esfuerzo importante para explicar los conceptos necesarios para seguir la trama. Me ha entretenido, y el estilo del autor me ha gustado, pero le he encontrado, sobre todo en la parte final, demasiados detalles que no me han convencido. Una lástima, porque la primera parte del libro es realmente muy buena y algunas de las situaciones y reflexiones planteadas me han interesado mucho. 

(Podéis leer la versión en inglés aquí)

Superposition - David Walton (english version)

Disclaimer: English is my third language, and this is my first attempt to do a review in this language, so I want to apologize in advance for there may be mistakes in the text below. If you find any, please let me know so that I can correct it. I'd really appreciate it. Thanks. You can read this review also in Spanish here.

The latest novel by the american author David Walton, Superposition, is a techno-thriller with very interesting and entertaining moments, although it suffers from some flaws in the final parts that I consider important, and therefore my final assessment is lower than the enjoyment it has provided me.

The main protagonist of the story is Jacob, a physicist with a lot of talent who is working as a teacher and is father of a large family (as the author, who has seven children. With only two I have lack of time...). Jacob receives a visit from a former colleague who works in a particle accelerator, and that provides him evidence of the existence of a technology that allows to modify the quantum properties of matter. Trying to make conclusive evidence he shot Jacob's wife, but without causing any damage. Jacob does not react very well, hits him and kicks him out of the house. The next day Jacob moves to the particle accelerator to talk again with his friend and finds his body, and  some estrange forces that are very difficult to control. Logically, he is accused of murder.

The beginning of the novel is very entertaining and alternates chapters, always from the point of view of Jacob, but into two timelines. On the one hand the adventures that take him to discover the body of his friend and the consequences that would follow from this fact, and secondly the trial for the murder, one of the most enjoyable parts. The rhythm and the structure of he story make it very suitable for a film adaptation.

The aspect that more has interested me of the plot is the possibility that two versions of the same person can exist simultaneously  temporarily, and how the experiences of each one are making these versions increasingly different. That opens a question: when these two versions end up coming together again, what will be the outcome of the overlay, which version will prevail?. These were parts of the novel that I really liked, but after a certain time, roughly half of the book, I started to loose interest, probably because I've seen the resolution coming. Also, the use of some coincidences and situations that I consider too convoluted  to justify the continuation of the story  made me decrease the final assessment. Still, I recommend it if you like thrillers with scientific background, surprising plot twists and original arguments (Walton on his website compares his style with films like Inception or The Prestige, but I can not fully agree).

Although the novel ends satisfactorily and history can be taken for closed, the sequel, Supersymmetry ( in which I hope the author improves the details that I have indicated), will be published. If I have the chance I will give it a look.



In short: a techno-thriller with the structure of a bestseller, which may be of interest to regular readers of genre but is open to new audiences. Although it has some aspects too technical related to quantum physics, Walton makes a major effort to explain the concepts required to follow the plot. It was entertaining, and I liked the author's style, but I've found, especially in the end, too many details that have not convinced me. A pity, because the first part of the book is really good and some of the situations and reflections really interested me.

viernes, 27 de marzo de 2015

Víctimas inocentes - David Jasso

NOTA: Agradezco muchísimo a David Jasso que haya permitido publicar este relato en el blog para que los lectores del artículo "Lo bueno, si breve..." publicado en el número uno de la revista Supersonic puedan disfrutar de él. 


 VÍCTIMAS INOCENTES David Jasso


1

Creía que los gritos eran lo peor, pero estaba equivocado. Lo peor de todo es el silencio. La ausencia. El silencio es haber partido antes de tiempo, estar lejos. El silencio es soledad e incertidumbre. El miedo es el silencio.
Presto atención, me doy cuenta de que estoy aguantando la respiración, conteniendo el alma. Miro hacia las escaleras que conducen a la planta alta. Ni un sonido. Quizás todo haya acabado ya. Siento una punzada de remordimiento cuando me alegro de estar herido, tumbado en el sofá sin poder moverme, de no ser yo quien esté allá arriba. Me obligo a respirar. Intento convencerme de que es una buena señal que el silencio continúe, al menos ese llanto atroz ha dejado de sonar, pero no dejo de estremecerme. El silencio no dice nada y yo necesito saber qué está pasando.
Poco después oigo el lejano sonido de las anillas de la cortina deslizándose sobre la barra y los pasos que se acercan. Precipitados, rápidos. No, no tiene por qué ser malo, me digo, es normal. Y aparece ella, desciende los escalones de dos en dos, temo que se caiga y ruede como yo hace tres días, pero se las arregla para llegar abajo sin mayor problema. Sus ojos están rojos, el llanto no ha dejado de convivir con ella en las últimas horas, ha sido un visitante no deseado que ha tomado posesión de nuestros corazones. Sus manos tiemblan, ella entera se agita casi convulsivamente, como una víctima más. Vuelvo a temer que acabe en el suelo, se acerca hasta mí con cuatro zancadas temblosas. Me encojo al pensar que pueda caerme encima, pero se arrodilla justo a tiempo y me abraza ciegamente.
Un nuevo escalofrío de dolor me recorre cuando mi cadera se ve presionada, pero el gemido muere en mi garganta cuando Luz, con algo demasiado parecido a un grito, comienza a llorar de golpe. Con una intensidad que nunca antes había visto.
Hemos pasado muchos años juntos, hemos compartido momentos alegres y también grandes decepciones, la he abrazado mientras lloraba quedamente sobre mi hombro; he acariciado sus cabellos mientras le prometía que todo pasaría, que las cosas se arreglarían; he visto cómo su rostro se iluminaba al recibir una simple sorpresa de cumpleaños; la he sentido temblar al hacer al amor, vibrar al escuchar una de sus canciones favoritas; sé por la forma en que frunce los labios cuánto le va a durar el enfado o cuándo va a gritarme... Creía que conocía todas sus expresiones, todos sus gestos de dolor o de placer, cada recodo de su cara, cada pliegue de su sonrisa, cada arruga de sus carcajadas. Pero estaba equivocado, en este momento descubro una mujer desconocida, a una mujer destrozada por el dolor, desgarrada por la pena, la viva imagen de la desolación. Me abraza mientras mi cadera quebrada me hace cerrar los ojos. Mejor cerrarlos, así no veo a esa extraña tan plena de sufrimiento que solo produce miedo.
—Perdóname, oh, perdóname —dice entre sollozos que son ráfagas de viento ardiente. Su voz suena a moco, pero lo más terrible es la completa desesperación que subyace debajo de los sonidos. Cada sílaba es un lamento. Se derrumban todos los muros y descubro a una mujer diferente a la que amo. A alguien perdido, a una niña pequeña maltratada y abandonada. El llanto de Dani era terrible, aterrador, pero el de Luz, tan extremo y doloroso, es mucho más duro, hace que mi alma se encoja y empiece a llorar también. Olvido el dolor que me asaeta, me esfuerzo por mover mi brazo y acogerla junto a mí. No es fácil.
—Perdóname. Perdóname —gime.
No puedo hablar, la cadera me está matando y los sentimientos se amontonan en mi garganta, ni siquiera puedo consolarla, no sé qué podría decirle para calmar ese llanto desesperado; en realidad no hay nada en este mundo que pueda hacerlo.
No sé qué ha pasado. No sé por qué me pide perdón.
Entonces dice la frase más aterradora que nadie puede escuchar nunca. La que ninguna madre debería pronunciar jamás, el culmen del horror:
—Perdóname, ooh...—sus sollozos estrangulan las palabras, me cuesta entender lo que dice—. No he... podido... matar a... nuestro hijo... No he podido... no he podido matarle. —Y los lamentos son auténticos gritos sofocados—. Oohh, ooh, no... he... pod... Per-dón..... ame
Y entiendo todo. Intuyo lo que ha pasado en la habitación de arriba. Lo sé casi tan bien como si hubiera estado allí
En este instante, como si hubiera estado esperando la aterradora confesión de su madre, Dani, nuestro bebé de dos meses, emite un áspero grito y comienza a llorar a voz en grito. Ha vuelto.
Y aquí quedamos los tres, envueltos en dolor y lágrimas. Separados de Dani por catorce peldaños. Unidos por el llanto y la miseria. Distanciados por toda una eternidad de soledad. Aunados en el miedo y la muerte.
Los cabellos de Luz resbalan entre mis dedos entumecidos. Ni siquiera me atrevo a decirle que me está destrozando con su abrazo, que no apriete tanto, por favor, que no apriete tanto. Me merezco el dolor, quiero sentir en mi cuerpo lo que ella, por mi culpa, siente en su alma. Dejo que el dolor me posea, me lo merezco. Y por unos instantes el dolor purifica, cauteriza, demuestra que estoy vivo, pero la sensación no dura demasiado, en seguida me recuerda que la muerte avanza, que acecha tras cada célula infectada, tras cada hueso quebrado.
Las palabras de Luz se convierten en una letanía sin sentido, en la más pura expresión del sufrimiento.
Dani aúlla allí arriba.
Hace poco que ha amanecido. Tenemos por delante todo un día, quizás la última jornada de nuestra existencia.
Dios mío, me pregunto, ¿y ahora qué? ¿Ahora qué?


2

Recuerdo cómo comenzó todo. No debí cometer los errores en los que incurrí. Tenía que haber seguido las recomendaciones de la resistencia. Haberles hecho caso, claro que sí. Ya lo dicen bien claro, nada de hablar con desconocidos, nada de correr riesgos inútiles. Tenía que haber dejado a Eloy fuera de casa. Que se pudriera. Pero fui tonto. Y Luz también. Luz es muy buena, en realidad si ella no hubiera insistido yo no hubiera abierto la puerta, bueno, no sé, probablemente no, no sé. Pero Luz es muy buena. No quiso dejarle ahí tirado. Luz no se merece esto. No, no se lo merece. Tengo que solucionarlo. Por ella. Y también por mí. Y por Dani, claro. Por Dani. Claro.
El hombre pasó gritando por delante de la puerta de nuestra casa. Bueno, no, en realidad todo comenzó unos cuantos meses antes, cuando se desató esta maldita guerra. Cuando esos seres oscuros y siniestros se enfrentaron abiertamente a nosotros, cuando la sangre comenzó a correr sin límite cada noche y sus huestes crecieron hasta casi dominar el mundo. Cada baja nuestra era un nuevo soldado en sus filas, una auténtica maldición. Pero esto ya es demasiado conocido, todos hemos tenido que escondernos de las sombras y enfrentarnos a temores inimaginables. Así que no voy a contar lo que todo el mundo sabe.
Faltaba muy poco para que el sol se ocultara. Luz y yo estábamos comprobando los refuerzos de las ventanas, asegurándonos de que cumplíamos todas las medidas de seguridad que desde la resistencia difundían con tanta insistencia. El generador tenía combustible, los focos funcionaban, los crucifijos estaban pintados en cada puerta, eso sí, ya no teníamos ajos, era imposible conseguir uno, los oscuros habían acabado con todas las plantaciones al igual que habían destruido las centrales eléctricas y boicoteado las vías de comunicación. Entonces oímos las voces en la calle. Alguien gritaba pidiendo ayuda. El sol todavía brillaba en el cielo. No era un enemigo.
Cometimos un error irreparable. Le acogimos. Primero le observamos por la mirilla. Era un hombre delgado y desaliñado con aspecto desnutrido y desvalido, no le habíamos visto nunca. Sabíamos que dejarle entrar entrañaba cierto riesgo, se trataba de un auténtico desconocido, pero el hombre iba caminando de un lado a otro de la calzada pidiendo refugio a gritos, necesitaba a alguien que le acogiera. La noche se acercaba y precisaba de un lugar para resguardarse. Voceaba diciendo que venía de lejos, que tenía noticias, que estaba viajando recorriendo toda la comarca y que necesitaba que alguien le permitiera entrar en algún lugar seguro antes de que la noche se le echara encima y, con ella, las hordas de oscuros que acabarían con su vida. La historia tenía cierto sentido y estoy seguro de que Luz le dejó entrar porque necesitaba una esperanza, precisaba de buenas noticias que nos permitieran creer que el mundo al que habíamos traído a nuestro hijo tenía un futuro; que, tarde o temprano, todo volvería a ser como antaño. En el fondo de nuestros corazones sabemos que hemos perdido esta guerra, que la oscuridad siempre es más poderosa que la luz y que indefectiblemente todos seremos víctimas inocentes de esta barbarie. Precisamente esta certeza de ser derrotados es lo que más nos hace necesitar la esperanza. El temor a que el mal triunfe es lo que hizo que Luz quisiera hacer el bien, es lo que nos movió a abrir la puerta y a llamar a ese desconocido, justo antes de que el sol perdiera su batalla contra la noche. Antes de entrar puse un crucifijo sobre su frente, sabíamos que no se trataba de un remedio infalible, pero el hecho de que el hombre anduviera por la calle a la luz del día y resistiera la imposición nos pareció suficiente garantía. Nos mostró su cuello sin que se lo pidiéramos, estaba libre de mordeduras. Nos agradeció que le acogiéramos y nos sonrió con calidez hasta que dejé de encañonarle con mi escopeta de caza.
­­­—Me llamo Eloy y vengo de muy lejos. Gracias por vuestra ayuda, si hubiera tenido que improvisar un refugio allí fuera ¿quién sabe cómo hubiera acabado?
Su mirada era franca y Luz y yo nos reconfortamos cuando vimos el brillo de sus ojos. Todavía había esperanza. Ese hombre, según nos explicó él mismo, recorría el mundo en lugar de esconderse siempre en la misma vieja ratonera, como nosotros. Buscaba un lugar en el que rehacer nuestra vida, la de todos los humanos. Y tarde o temprano lo encontraría, estaba seguro.
Luz compartió algunos víveres con él, aunque Eloy llevaba una bolsa con conservas y, en realidad, nos dio más comida de la que aceptó. Fue agradable hablar con alguien diferente, siempre veíamos las mismas caras asustadas, los rostros desencajados de los pocos supervivientes de la zona. Fue como reencontrarse con un antiguo compañero de clase, como reconocer esa canción lenta que bailaste con tu primera novia, como abrir el grifo y ver surgir el agua caliente. Como en los viejos tiempos, cuando bastaba con salir a la calle para hablar con cualquier desconocido sobre temas intrascendentes. Luz no dejaba de interrogarle sobre cómo estaba la situación en otras zonas, quería saber más cosas sobre el resto del mundo. El hombre agitó la cabeza con abatimiento y dijo:
—Todo está igual. Apenas hay diferencias. Están por todas partes y cada vez son más.
Dani se encontraba despierto y el hombre le cogió en brazos, le dedicó un montón de cariñosas carantoñas, resultaba enternecedor. Luz y yo nos miramos y sonreímos con tristeza intentando transmitirnos un poco del ánimo que no sentíamos. Lamenté, más por ella que por el resto del mundo, que las palabras del forastero no fueran más esperanzadoras.
—Es por personitas como él —dijo mientras la diminuta mano de Dani sujetaba firmemente el dedo del hombre. Sonrió tirando un poco de la manita—, por las que tenemos que luchar. Los niños son el futuro, son puros e inocentes, los niños representan todo lo que ellos odian.
Tras las ventanas reforzadas la noche caía muy despacio, como un pañuelo de seda negro mecido por el viento, y los oscuros comenzaron a salir de sus escondites arrastrando su miseria. Llevábamos varias semanas intentando encontrar su nido sin éxito, no teníamos ni idea de dónde se ocultaban. Era muy difícil acostumbrarse a los alaridos y a las amenazas, pero ya habíamos aprendido a convivir con el miedo en cuanto llegaba la noche.
Eloy entregó a Dani a su madre, el hombre tuvo que sacudir el dedo para librarse de su amorosa sujeción. Se acercó despacio a una de las ventanas, me pareció que estaba muy cansado, quizás al borde de la extenuación. Tenía que ser muy duro buscar cada noche un refugio, seguir siempre adelante sin mirar atrás, vivir sin un hogar.
—Ya están aquí fuera —dijo con pesar, constatando un hecho que todos podíamos apreciar. Miró por una rendija—. Cada vez son más, ¿lo veis?
En ese momento algo golpeó la ventana desde el exterior, en ocasiones arrojaban objetos. Eloy se retiró sobresaltado.
—Son unos malditos —afirmó. Pero su voz no demostraba ira o miedo, solo una inmensa tristeza—. Y vosotros habéis sido muy buenos conmigo. Visteis que necesitaba ayuda y me la brindasteis. —Suspiró muy despacio—. Lo siento, siento.
No entendí lo que decía. “Lo siento”. ¿Qué sentía? Su rostro se ensombreció, me recordó la expresión del doctor que hacía años, en otra vida, le había comunicado a mi hermano que tenía cáncer.
—Habéis sido muy buenos. Lo siento de verás.
Paseó por la habitación nervioso. Luz y yo nos miramos preocupados, comprendimos que algo iba mal. No necesitábamos hablar. Alarmada, se puso en pie con el niño en brazos.
—Tenéis que entenderme. Me duele hacer esto, pero no tengo otro remedio. Lo comprendéis, ¿verdad?
Tardé unos cuantos segundo en percatarme de que había cogido mi escopeta de donde yo la había dejado olvidada. Retrocedí asustado.
—¡Ve arriba, corre! —grité a mi mujer.
Luz me hizo caso y en unas décimas de segundo estaba corriendo escaleras arriba, interponía su cuerpo entre el bebé y el arma.
Eloy me apuntaba con cierta indiferencia.
—Me caéis bien, sois buena gente. Por eso tengo que hacerlo. Porque ellos os odian.
Se acercó a la puerta de la calle.
—¿Qué quieres de nosotros? ¿Qué vas a hacer? Tú no eres un oscuro…
—No, tienes razón, no soy un oscuro. Pero… —no pudo evitar retirar la vista y mirar al suelo, debí aprovechar ese momento para saltar sobre él, no se me ocurrió hacerlo— pero… trabajo para ellos. Necesitan nuestro apoyo, precisan de humanos que les ayuden durante el día. Y yo he hecho un pacto con ellos. No me ha quedado otro remedio si quería sobrevivir. —Una nueva pausa meditativa, como si necesitara buscar fuerzas en lo más oscuro de su alma—. No es nada personal —concluyó—, lo siento.
Comenzó a abrir todos los cerrojos y, sin dejar de apuntarme, dio una descuidada patada al refuerzo de la puerta, la madera cayó a un lado.
—No puedes abrir —imploré, sabía lo que ocurriría si lo hacía, ambos lo sabíamos. Dani había comenzado a llorar quedamente en el piso de arriba.
Retiró el último pestillo y vi con horror cómo abría la puerta muy despacio. Lo siento, dijeron sus ojos.
Se dirigió a la noche, llegué a ver algunas sombras moviéndose en el exterior. Los gritos de los oscuros se recrudecieron.
—¡Entrad, entrad, podéis traspasar el umbral! Yo os invito a pasar.
Y los aullidos de triunfo me hicieron temblar. Dios, estábamos perdidos. Dejó de apuntarme, ya no hacía falta. Los cuerpos se lanzaron hacia la casa, habían sido invitados a entrar, la última barrera se había desmoronado.
—Odian a los niños —explicó. Y, en el paroxismo del terror, vi que portaba en su mano izquierda la pequeña cruz de plata que Dani llevaba al cuello desde que nació. Me la mostró y la hizo bailotear con desgana, deduje que se la había arrebatado cuando había tomado al niño en brazos. Comenzó a decir “Lo siento”, pero no pudo acabar de pronunciar esas palabras vacías porque las bestias entraron en la casa como posesos y casi le arrollaron en su embestida.
Recuerdo muy poco de lo que pasó a continuación. Lo veo en mi mente como cuando te dejas la videocámara encendida sin darte cuenta: imágenes borrosas y sin sentido, repletas de violencia y movimiento. Sé que pude reaccionar a tiempo y evité que Eloy arrancara la cruz de la puerta. Fui empujado y arrojado al suelo.
Intenté hacerles frente pero no pude ni siquiera frenar su ímpetu. Vi cómo uno de ellos se lanzaba escaleras arriba. Eloy se sentó en una esquina del salón y se limitó a ver cómo yo me enfrentaba a los oscuros. Yo grité que esa casa era mía que les prohibía la entrada, que tenían que salir de allí en ese preciso instante, y creo que obtuve cierto resultado, dejaron de entrar.
Me golpearon, pero apenas se atrevían a acercarse, esgrimía la cruz de mi cuello para evitar que pudieran darme alcance. Retrocedí hacia las escaleras.


3

—¿Por qué no nos matas, Eloy? —le pregunté casi implorando. Yo seguía tumbado en el suelo. Después de la violenta caída no podía ponerme en pie, le veía en un extraño contrapicado, aparentaba ser inmenso. En realidad lo era—. ¿Por qué no nos matas?
—No hace falta, amigo –sacudió la cabeza con un gesto que ya me resultaba familiar—. Ellos no os quieren muertos, les da igual que viváis o muráis. Ellos buscan algo más, saben lo que quieren y cómo conseguirlo, por eso no os han mordido —subió los hombros en un gesto de despreocupación tan falto de sentimiento que dolió como un golpe—, solo les interesaba, vuestro hijo. Y ya tienen lo que querían —una larga pausa durante la que dio un par de pasos hacia la puerta abierta de par en par—. Lo siento de veras… estoy muy avergonzado.
Dijo sin volverse. Salió tras los oscuros y se perdió en las sombras. La puerta quedó abierta. Yo me arrastré por el suelo preso de dolor, la caída por las escaleras, después de la pelea en el piso de arriba, me había destrozado la cadera, ni siquiera podía incorporarme.
Los oscuros se habían marchado, ya habían completado su misión. El silencio se adueñó de la casa. Luz descendió muy despacio con Dani en brazos.
El cuerpo del bebé yacía exangüe contra su pecho. Me miró asustada, no entendía por qué no me levantaba y acudía a ella. Fueron unos momentos extraños, casi surrealistas. Una mujer con un niño muerto y un hombre arrastrándose por el suelo. Comencé a sentir el verdadero dolor. Vi la mordedura en el cuello de mi hijo, las gotitas de sangre seca que parecían resbalar con pereza.
—¿Por qué no nos han matado a todos? —preguntó aturdida, dejando que la lógica brotara entre su estado de shock. Dani era un muñeco desmadejado.
No supe qué contestarle. Ahora ya lo sé. Malditos sean.
Y perdí el conocimiento mientras mantenía la esperanza de no despertar nunca más.


4

Lo siguiente que recuerdo es la bruma. El dolor que me poseía. Fragmentos de conversaciones dislocadas. Lágrimas. El llanto de un niño muerto. El miedo. El temor a que la resistencia se enterara de nuestra situación y tomara contra nosotros alguna drástica medida. El llanto de un niño muerto.
Así pasaron tres días. Seguía sin poder moverme, pero me encontraba en el sofá, supongo que Luz logró subirme a él en alguna de mis largas pérdidas de consciencia. Lo hizo con toda su buena intención, pero en realidad los cojines solo lograban producirme más dolor. La pelvis debía de estar destrozada. No me importaba, sabía que no podría sobrevivir demasiado tiempo. Luz se había hecho cargo de todo durante esas horas, pero el tiempo jugaba en contra nuestra y la situación se hacía más desesperada por momentos.
Las horas se eternizaban con el niño llorando en la oscuridad de su habitación. Sabíamos en qué se había convertido. Ambos habíamos visto cómo un oscuro lo arrojaba displicentemente al suelo después de morderle, como quien se deshace de una cáscara vacía. No lo habíamos podido evitar.
Y no sabíamos qué hacer, nos mirábamos con el dolor en nuestras pupilas y posponíamos una y otra vez la decisión inevitable. Aunque en el fondo de nuestros corazones sí sabíamos. Era nuestro hijo, sí, pero en realidad ya no lo era.
—Tendrás que hacerlo —le dije el segundo día—. Luz, cariño, vida mía, tendrás que hacerlo. Yo no puedo moverme. Tienes que hacerlo tú. Es lo mejor para todos.
Ella negaba con la cabeza mientras ocultaba el rostro entre sus manos.
—Es muy fácil —continué—, solo deja la cuna junto a la ventana y abre las cortinas.
Me respondió con un sollozo y salió con paso rápido hacia la cocina.
“Es muy fácil”, no, no había usado las palabras adecuadas. No resultaba nada fácil. Dani era nuestro hijo. Por Dios…
Luz tardó varias horas en regresar junto a mí, al hacerlo me trajo algo de beber y un poco de comida. Se sentó en silencio a mi lado.
Esa noche fue terrible. El bebé tenía hambre, llevaba tres días convertido. Luz, de vez en cuando, subía a verle. La imaginaba acercándose a la cuna y mirando a nuestro hijo con temor y pena, con el aturdimiento propio de las víctimas de un accidente de tráfico. Sin atreverse a tocarle, sin poder tomarlo en brazos. Sintiéndolo tan lejos, más allá de la vida. Pero ¿hasta donde llega el amor de una madre? Y de nuevo Luz volvía a mí y tomaba mi mano y lloraba una vez más. Y preguntaba con el tono de la beata que reza el rosario sin entender las oraciones “¿qué vamos a hacer?, ¿qué vamos a hacer?, ¿qué vamos a hacer?”. Y yo me refugiaba en mi dolor y en mi inmovilidad.
Esa mañana, Luz había subido al cuarto de Dani. Conozco sus expresiones, mostraba una determinación asustadiza. No habíamos podido pegar ojo, el bebé no había dejado de llorar. Apenas escuché sus palabras. Fueron un susurro.
—Voy a hacerlo —recriminó, aunque sonó como un insulto contenido. Y subió con pesarosa seguridad. Vi cómo con cada peldaño perdía fuerzas, al igual que una peonza a punto de cesar de girar.
El niño dejó de llorar en cuanto ella entró en la habitación. Había reconocido a su madre. Y el silencio fue más aterrador que ninguna otra cosa. Luz se acercó a él. Carne de su carne, fruto de su vientre. Movió hacia la ventana la capaceta en la que descansaba, la luz del amanecer se anunciaba tras el humeante horizonte. Todo indicaba que sería un día gris y plomizo. El niño tendió las manitas hacia su madre. Pedía que le tomara en brazos, o quizás reclamaba comida. Luz retiro la vista. La cortina estaba abierta.
El miedo es el silencio.
El tiempo es cruel, araña nuestras almas y merma nuestras decisiones. Luz tenía que haberle dejado allí en ese momento, haber regresado abajo conmigo y dejar que el día siguiera su curso.
El primer rayo de sol mortecino se anunció tras el cristal, avanzó renuente por los campos y los restos de la ciudad.
Y Luz cometió el error de mirar de nuevo a nuestro hijo.
Y no pudo dejarlo allí expuesto. Sencillamente no pudo, sabía que era lo mejor para todos, incluso para él. Pero no pudo.
Cerró las cortinas de un manotazo y corrió hasta la planta baja donde yo temía al silencio.


5

Ahora no sé qué podemos hacer. Estoy tumbado en el sofá, incapaz de moverme, muerto de dolor. Con Luz sentada en el suelo a mi lado. Necesito, necesitamos, una ayuda que nadie puede prestarnos. Y Dani requiere una solución. Sabemos cuál es, sin embargo, no somos capaces de matarlo. En un momento dado, Luz me confiesa con voz queda:
—He pensado en alimentarle —a veces creo que puede leer mis pensamientos al igual que yo leo en su rostro.
Agito la cabeza, no me ve, su mirada está fija en mi mano presa entre las suyas. Es un contacto mortecino, el último rastro de humanidad.
—No, no podemos hacerlo —me esfuerzo en hablar, uno nunca se acostumbra al dolor. Ella necesitaba oírmelo decir.
—Solo un poquito —implora—, lo suficiente para que deje de llorar. No podemos dejarle morir de hambre.
Vuelvo a negar con la cabeza. Siento deseos de reprocharle su error, de decirle que poco antes ha estropeado una buena ocasión, que tenía que haber dejado que el sol le calcinara, pero me trago mis palabras y mi ira, sé que para ella ha resultado horrible, sé que salvarle ha sido más duro que verle morir porque conlleva más dolor durante más tiempo. Y aprieto débilmente su mano.
—No podemos, Luz. Tenemos que matarlo. ¿Lo entiendes?
—Sí —se rebela sin fuerzas—, sí, lo sé, lo sé. Pero, pero… yo no soy capaz. Hazlo tú.
—Solo tienes que abrir la cortina y dejar que entre el sol. Yo no puedo subir —digo con tono cansado. No quiero hacerlo, por Dios, no quiero hacerlo. Además estoy gravemente herido. Tendría que hacerlo ella, lo tiene muy fácil. Yo no quiero hacerlo. Solo tiene que abrir la cortina, joder, solo abrir la cortina.
—No, no puedo hacer eso, no puedo dejar que se abrase, que las llamas le consuman despacio. Ya has visto lo que les ocurre cuando les da el sol, tardan horas en morir. No puedo permitir que Dani muera así. Si tuvieras que sacrificar a tu perro no te dedicarías a prenderle fuego con un mechero hasta que falleciera...
—Y mientras no coma seguirá sintiendo un hambre insoportable... Unas ansias de sangre desmesuradas... Tampoco dejarías que tu perro muriera de inanición ¿no?
¿Qué mundo era ese en el que comparábamos a nuestro bebé con un perro, en el que unos padres debaten la mejor manera de acabar con su hijo?
—Hazlo tú —concluye—. Mátalo, mátalo tú. —Y me mira al rostro, como si me retara—. Si no, le alimentaré. Pero hazlo ya, acaba con esta tortura de una vez por todas.


6

Dani sigue aullando. Solo se calla cuando su madre llega a su lado y toma la capaceta. Siempre le ha gustado el movimiento. Incluso parece proferir uno de esos sonidos que emitía cuando estaba vivo y sonreía feliz. Luz ha puesto la casa en penumbra. Le gustaría tomar al bebé en brazos, pero no se decide a hacerlo, sabe que incluso el perro más querido puede sufrir la rabia. Desciende junto a mí y deja el capazo en el suelo a mi lado. Llego a ver cómo se agitan las ropas del interior. Ahora Dani no llora. Siempre ha sido un buen niño.
Sin embargo, Luz sí que sigue llorando, creo que no dejado de hacerlo en ningún momento.
—Por favor, que no sufra.
Su rostro es el de una vieja, los ojos hinchados y con bolsas, labios agrietados, cara dolorida y mustia; ha envejecido años en los últimos días, sin embargo sigo queriéndola igual o quizás más.
Me obligo a inclinarme un poco sobre el costado para tener mejor acceso al niño.
Me pregunto cómo voy a hacerlo. Apenas puedo moverme.
Luz se acerca como una sombra, sin hacer ruido, como si ya estuviera muerta, y me tiende un lapicero.
No entiendo.
—Creo que será suficiente —dice—, Dani es tan pequeño.
Y me horrorizo.
Tomo el lapicero con dedos temblorosos, sé que no tiemblan por el dolor que me sacude, sino de puro pavor.
—Yo no he podido matarlo antes. Perdóname —dice volviendo a su triste cantinela. Agita la cabeza como queriendo dar por terminado ese triste capítulo—. Por favor, que no sufra, que no sufra, ¿vale?
Me aprieta la mano sin fuerza, en un triste amago de afecto. Me besa en la frente a cámara lenta. Se acerca a Dani y le mira. Estoy seguro de que va a decir algunas estremecedoras palabras de despedida. Pero no es así, solo acaricia el borde del capazo con un dedo huidizo, como si el algodón de la sabanita pudiera sustituir a la piel de su hijo.
—Adiós —musita despacio. No sé si lo dice al niño o a mí. Sale de la estancia.
Miro el lapicero. Tendré que incorporarme todavía más para poder hacerlo. Dani no llora. Solo tiende sus bracitos hacia arriba, buscando que alguien le acoja.
Logro ponerme en la posición adecuada y le veo del todo por primera vez. Ha cambiado, por Dios, cómo ha cambiado, pero reconozco a mi hijo debajo de esa piel renegrida surcada de venas.
Es Dani. Es nuestro hijo.
Apoyo el lapicero sobre su pecho, donde calculo que estará su diminuto corazón. Intenta cogerlo con sus garritas para juguetear.
El silencio es completo. Dolor.


7

—Habéis hecho muy bien. Sí señor. Era la decisión correcta. Eh, y a ti parece que ya no te importa la cadera rota ¿no? —me dice Eloy mientras amaga un puñetazo hacia mi pelvis. No llega a golpearme. Desvía su mano con un gesto acelerado y señala la diminuta herida de mi cuello. Me dispara figuradamente con su índice y emite un alegre chasquido mientras me guiña un ojo. Sonríe—. Os habéis quitado las cruces ¿no? —agita una mano como un vendedor de baratijas enseñando su muestrario—. Estupendo. Os estábamos esperando. Muy bien, muy bien. Sed bienvenidos. Entrad libremente y por vuestra propia voluntad.
Ríe a carcajadas y se retira un poco para franquearnos el paso. Tiene su gracia, sí.
Luz lleva a Dani en brazos. El niño también sonríe, agita nervioso brazos y piernas.
Es noche cerrada. Les oigo aullar cuando nos ven entrar en su cubil.
Han conseguido lo que querían: nuestra derrota más absoluta, la más completa entrega.
Dani es el primero que se suma a su canto con su grito de bebé oscuro. Yo también lo hago. Y Luz.
Y me siento feliz.
El amor vive más allá de la muerte.



FIN

sábado, 21 de marzo de 2015

Res no es real - David Gálvez

Recuerdo que cuando se publicó en 2014 la antología Mañana todavía se entabló una discusión (bastante tibia, no llegó la sangre al río) sobre lo que se podía considerar distopía o no y incluso alguien con ganas de provocar se inventó el concepto distopina para hablar del tema. Res no es real, de David Gálvez, se merece un 100% de distopina, sin duda alguna.

En esta brevísima novela que se lee en una sentada el autor nos presenta esbozos de una sociedad cuya supervivencia se basa en el cultivo de fresas. Unos seres enigmáticos, Los que nos vigilan, se encargan de proporcionarles agua, herramientas y cuidan que su hábitat (totalmente cerrado al exterior) no se deteriore. Los habitantes de esta sociedad pagan con creces, porque de manera periódica, cuando se levantan de un sueño sospechosamente largo, descubren que algunos de sus familiares han desaparecido.

Cómo se ha llegado a esta situación es una incógnita, aunque el autor deja ir detalles que permiten intuir como ha ido evolucionando la sociedad. La estructura de la novela está basada en capítulos muy cortos, encabezados por una fecha de cinco dígitos que nos permite seguir el ritmo en que el narrador, de manera poco periódica, nos va explicando su historia. Repite de manera insistente, casi como un mantra, algunas frases y conceptos para remarcar algunas ideas, y lo consigue, sin que se haga pesado el recurso.


Parece mentira que en tan pocas páginas y en capítulos tan breves el autor sea capaz de tocar de manera tan completa temas tan complejos como el lenguaje y su función, aspectos de sociología, de religión, ... incluso algo de botánica aplicada.


Aunque la novela me ha encantado le voy a poner dos pegas. Estoy convencido de que el autor lo tenía así pensado, pero me ha dejado con demasiados interrogantes. Tengo ganas de saber más. La segunda pega es el final, demasiado abrupto para mi gusto. 

Definitivamente la editorial Males herbes se está convirtiendo en una de mis preferidas. Son valientes y tienen buen ojo (al menos conmigo están acertando de pleno). Una de mis próximas lecturas va a ser Punts de fuga, una recopilación de relatos sobre viajes en el tiempo en el que David Gálvez también participa. La cosa promete.


Otras opiniones de la novela: El biblionauta , Fantàstik

sábado, 14 de marzo de 2015

En una estación roja, a la deriva - Aliette de Bodard

Como ya comenté en su momento el conjunto de relatos ucrónicos  El ciclo de Xuya de Aliette de Bodard, publicado por Fata Libelli, me encantó. Considero que fue un gran acierto publicar todos los relatos en un mismo volumen, los disfruté mucho más que no cuando algunos los leí de manera independiente porque me facilitó mucho más la introducción en la alternativa temporal propuesta por la autora.

La novela breve que comento hoy, En una estación roja, a la deriva, se sitúa en el mismo universo, y retoma temas y tecnologías ya presentes en algunos de los relatos de la anterior antología, pero la longitud de la obra le permite profundizar un poco más en los personajes y sus motivaciones, factor que a veces quedaba un poco en el aire en su narrativa más breve.

Con un tono pausado y basando  la trama más en las relaciones entre personajes que no en la acción, de Bodard nos sitúa en la estación Prosper. Esta estación espacial está gobernada y controlada por una Mente (una IA que nació de un útero humano, como se narra en uno de los relatos de la antología anterior) y habitada por las diferentes ramas familiares de sus descendientes, de forma que todos en la estación están emparentados. 
La guerra ha provocado que los miembros considerados más aptos de la familia hayan tenido que abandonar la estación, que pasa a ser dirigida por personas que no tienen la formación necesaria, con la inseguridad que eso les genera.

A la nave llega una magistrada exiliada de su planeta, una prima lejana, que es recibida con suspicacia por parte de la dirigente de la estación. La novela se basa en la interacción entre estas dos mujeres (como es habitual en la obra de la autora), con la decadencia de la nave como telón de fondo.  

La historia me ha gustado, pero hay algunos aspectos referentes a la cultura representada que se me hacen muy extraños. Uno son los nombres; me cuesta mucho identificar y relacionar los nombres asiáticos con sus personajes. 
El otro son sus reacciones a las situaciones planteadas en la novela. No entiendo la gran indignación que sufren por cosas que en nuestra cultura serían consideradas irrelevantes o se solucionarían con un par de gritos, y tampoco entiendo cómo aguantan estoicamente en situaciones de máxima tensión. Me intrigan sus reacciones, pero provocan que no acabe de empatizar, considero que todos los personajes están demasiado comedidos, con demasiado autocontrol, y, desde mi punto de vista, eso los hace irreales.

La novela es muy entretenida, con un ritmo tranquilo, pero mantiene la tensión en los momentos necesarios, y el escenario donde transcurre la historia, la estación espacial, está muy bien logrado, de forma que no desentona con el excelente world-building que ha creado la autora en sus obras centradas en esta ucronía.

En resumen: Una lectura totalmente recomendable, como gran parte de lo que nos ofrece esta editorial, pero aconsejaría primero leer los otros relatos para tener la ambientación más clara, más referencias, y así poder disfrutar más de la novela.

Otras opiniones de la novela: Sense of Wonder , Not a review

viernes, 6 de marzo de 2015

Desconexión - Neal Asher

El mes pasado hice una entrada en el blog sobre  Dark Intelligence, la última novela de Neal Asher ubicada en el universo de The Polity. Decía entonces que Asher no tenía nada que envidiar a los tres ases de la Space Opera británica: Banks, Reynolds y Hamilton. Mencionaba también que me extrañaba que sólo existiese una obra situada en ese universo traducida en nuestro país, Desconexión, así que, con mucha curiosidad, me dispuse a leerla.

Dejando de lado cuestiones editoriales que no controlo ni entiendo, mi suposición inicial era que lo mucho que me gustó Dark Intelligence podía ser debido a la madurez del autor, y al tiempo que ha invertido en explorar su universo y pulir los detalles de las historias situadas en él, y que, seguramente, sus obras anteriores no tuviesen ese punto de genialidad que su última novela presentaba, por eso no se continuó con la saga de Cormac después del primer libro. Una vez leída Desconexión, creo que no iba muy desencaminado. Aunque tengan un estilo narrativo y una estructura muy parecidos y ya muestre trazas de lo que Asher es capaz de hacer, esta novela no llega a los niveles de Dark Intelligence, y puedo comprender que, si las ventas no fueron suficientes, no se continuara con la saga.

Desconexión es básicamente una novela de aventuras protagonizada por un agente de inteligencia a las órdenes de la IA que gobierna la tierra, que presenta muchas habilidades y gadgets, llamado Ian Cormac. Fácilmente se puede asimilar la historia a una protagonizada por James Bond o Jason Bourne (al que se parece mucho el retrato de la portada), pero con una ambientación de space-opera. 

Después de solucionar una misión complicada la agencia decide "desconectarle", o sea, cortar su conexión directa con las IA, ya que después de muchos años en esta situación había perdido humanidad, y, por tanto, eficacia en sus misiones, ya que era fácilmente detectable. Una vez sufrida esta desconexión a Cormac le encargan una nueva misión. Debe investigar las causas de una explosión en el runcible (tecnología mediante la cual se puede realizar el viaje interestelar) de un planeta, que ha provocado la aniquilación de toda su colonia humana. Mientras Cormac se va adaptando a su nueva situación y va conociendo al equipo que le acompañará en su nueva aventura, uno de los malhechores supervivientes de su anterior misión planifica su venganza contra él.


La novela es entretenida, pero no deja poso, ni creo que lo pretenda. Es un blockbuster de ciencia ficción escrito con solvencia, nada aburrido, pero que visita muchos lugares en los que los lectores habituales de este género ya hemos estado: robots y IA, viajes interestelares, planetas con diversas ecologías y ambientación, alguna especie alienígena con mala leche y muchas dosis de acción. Normalmente para mi estos ingredientes son suficientes para disfrutar si están bien mezclados y de manera original, pero no es el caso. No digo que la historia sea mala, pero con estos mismos mimbres el mismo escritor hizo una cesta mucho mejor que esta. 
Supongo que si hubiese leído primero esta novela mi valoración global sería un pelín mejor, así que si os gusta la space-opera y buscáis una lectura ligera, os la recomiendo sin dudas.

Por mi parte, no creo que siga las aventuras de Cormac, ni que invierta mi escaso tiempo de lectura en otras novelas anteriores situadas en este universo, pero si que continúo interesado en lo nuevo que publique Asher, y seguramente la continuación de Dark intelligence aparezca por aquí. 

lunes, 2 de marzo de 2015

Amanecer - José Antonio Cotrina

Es definitivo: me declaro fan incondicional de este autor. Ya comenté en mi entrada anterior sobre las dos novelas breves publicadas por Palabaristas, Luna de locos y Salir de Fase que el estilo de Cotrina me encanta y que me había sorprendido con sus temáticas y su imaginación. Después de leer Amanecer (ganadora, entre otros, del Alberto Magno, premio por el que ya siento un respeto importante) me reafirmo con convicción. Es evidente que su inventiva le permite enfrentarse a diferentes géneros con garantías, y pronto aparecerá por aquí alguna de sus novelas, aunque el género en que están clasificadas no acabe de atraerme como norma general.

Amanecer es un relato largo, de unas 70 páginas, que narra la historia de Joaquín, un joven que se despierta una mañana descubriendo que el tiempo se ha parado. La ciudad está vacía, el aire es denso, los sonidos no se transmiten  y no hay ni rastro de ningún ser humano. 


Cotrina consigue mezclar satisfactoriamente el género de terror (con sensaciones muy agobiantes y angustiosas en las primeras del relato), con el género de aventuras de supervivencia en este extraño escenario de un amanecer perpetuo post-apocalíptico, pero sin apocalipsis evidente. Una mezcla muy original que me ha sabido a poco.


Un pequeño reproche: el final, demasiado apresurado para mi gusto. Creo que le faltan 15-20 páginas y alguna indicación más para acabarlo de cerrar completamente y así poderlo disfrutar más. Esta sensación se está volviendo recurrente con muchos de los relatos que leo últimamente. A lo mejor es culpa mía por pedirle algo que no debe tener al formato de la narrativa breve.


Para terminar este breve comentario quiero hacer un inciso sobre la editorial Palabaristas, de la que, a lo tonto, he leído y comentado casi  todo su catálogo de ciencia ficción. Les agradezco la política de publicación a bajos precios de literatura de ciencia ficción de calidad (como el relato comentado hoy, Amanecer, disponible en Lektu a partir de 1 euro), y espero de verdad que les sea rentable y que continúen con esta linea. Desde aquí cuentan con mi apoyo.